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miércoles, 18 de agosto de 2010

Credo in Deum Patrem omnipotentem, Creatorem caeli et térrea (Cómo hablamos, V)


Buenas noches, Tronos, Poderes, Virtudes y demás coros angelicales habidos y por haber (menos Metatrón, ese soy yo, pues soy la voz misma del Altísimo). En la entrada de hoy, podría haber tratado temas como las acertadas ideas de nuestro gobierno respecto a los “despliegues patriotas” de los desfiles, el berrinche de los diputados por las candidaturas independientes o por qué a Rodolfo Parker se le debería apodar “apéndice” o “chiche de hombre”. Sin embargo, como mis neuronas tienen la utilidad de un burro deslenguado y desmembrado, debo escribir según permitan mis –pocas- luces. Después de cuatro entradas en las que he señalado cómo los salvadoreños nos expresamos y hablamos, pensé, al igual que el fantoche encargado de escribir el libro de Hechos de los Apóstoles, que ya era suficiente la mierda expuesta y, por tanto, que debía parar. No obstante, ustedes, mis amados lectores y soldados de Cristo, volvieron a demostrar lo equivocado que estoy –tal como me lo recuerda, en cada entrada, el hijo de ochenta y siete mil putas que “spamea” la sección de comentarios, haciéndose pasar por personajes mitológicos, históricos y de la farándula salvadoreña y mundial-. He aquí, pues, lo que mis frecuentes visitas al parnaso lingüístico salvadoreño, tal cual asalariado masculino promedio que va al LIPS, me han deparado.


  1. Gracias por todo

¿Cómo saber cuando una mujer no quiere nada con usted? Atorsónela de piropos y reciba un “gracias” de respuesta. ¿Cómo saber cuando una mujer no tiene nada que decir sobre la tarde que pasó con usted? Pregúntele, y si la respuesta es “AwWwWw la pasé super lindo, ‘grax’ (vulgarismo de “gracias”) por todo xoxoxox”, tenga por seguro que una guayaba hubiera hecho mejor papel en la cita que usted. Ahora, tengo entendido que hay mujeres que hacen uso de dicha expresión aun cuando han pasado un momento grato. Entonces, ¿por qué dar gracias? Además, ¿por todo? Supongamos la siguiente situación:


Ernestina dice:

Goidoooo puuuu la pasamos ssssuuupeperrrrr!!! Puya vos , es que puya puya PE U TE A!!! Jajajaj perdon :$ la exprecion es que ando hapy! Putzira mano, es que hoy en el galaxy jamas abia hecho tantas chusas!!! Y puuuu te acordas del mesero que se callo con todas las cocasss?? Juas juas y dsps triiii chivo xq la majo y el chele amarraron bien felisss todo! Y sabes mi papi no me reganio por avizarle tard que yegara por miii!!! Aajajaj ha sido chivirinviquis este diaaaa grachas poi todo cuidate ya me voy compermuaaaaaaa**¡!! (K) :D:D:D:)


**(Satanización de “con permiso”)


Ave María, purísima: sin pecado concebida. Dejando de lado las claras deficiencias comunicativas, centrémonos en las razones por las que Ernestina pasó un buen día, siempre teniendo en cuenta que, al final, agradeció a su consorte: hizo un incierto número de chuzas, un mesero perdió el equilibrio –y su empleo- por derramar Coca Cola –Fanta-, dos amigos de ella ya han entablado noviazgo y el tata no la regañó por su irresponsabilidad de avisar tarde para que la fueran a traer. Responda: ¿dónde está la influencia del amigo en cuestión? Sería más fácil que se llevara a cabo un ecumenismo entre la verga de un mastodonte y mi ano que el tipo tuviera algo que ver en todas las desgracias antes listadas.


  1. Te amo miles

Hay quien piensa, aún, que el amor es, simplemente, “el amor”. Aparte de expresarle mis sentimientos respecto a cuan pura mierda me parece semejante afirmación, es estúpidamente imposible amar a alguien “miles”, por dos razones bien sencillas: un sentimiento no se puede cuantificar y el término amor es la expresión máxima de cariño, dependencia, libido y pertenencia hacia alguien más; por ende, no puede elevarse más. Estas palabras, sin embargo, no tienen ninguna relevancia cuando el salvadoreño promedio le dedica semejante máxima hasta al chucho cuando hace alguna trastada graciosa, como hartarse sus propias heces.


  1. San Sivar

Zanzíbar, según un almanaque de 2004 que compré en Super Selectos, comprende un par de islas en Tanzania. También, es –o era, no estoy seguro- un bar en nuestro país, solo que llamado Sivar. Como siempre aparecen los geográficamente imbéciles de turno, se ha empezado a llamar así a la capital: San Sivar, o solo Sivar. Como mi intelecto escasea tanto que, a veces, se me olvida respirar, decidí consultar un foro de doctores de antropología salvadoreña para resolver mi duda. He aquí el link del sitio consultado:


http://ayvevos.com/foros/showthread.php?p=574762


Me quedo con este comentario de jesusfreak06 (jueputa):


“Le apodan así a la capital por su leve parecido al nombre San Salvador.

Zanzibar = Zibar = Sivar = San Sivar = San Salvador”


Ah, tan maravilloso como presenciar la metamorfosis de una oruga en mariposa… o un buey moribundo en carroña para zopilotes.


  1. Gracias a Dios

Hoy en día, dar “gracias a Dios” es tan común como una cora de tortillas, ver una cárcava nueva o un bus incendiado. Damos gracias a Dios porque la vecina encontró al gato, porque nos acordamos donde dejamos estacionado el auto, porque encendió la computadora, porque aún tenemos desodorante, porque, porque, porque. Un compañero de clase, en cierta ocasión, dio los créditos respectivos al destripador de becerros dorados porque la economía nacional había visto un aumento en el nivel de ventas (que, por cierto, aún se encontraban en la escala negativa). Después dicen que no somos una sociedad teocent… tabercentrista. La única razón por la que le daría gracias a Jehová sería en caso de no inmolarme la verga después de recubrirla con fósforo y masturbarme con un guante de lija.


  1. Hola, ¿qué ondas?, ¿qué tal?

Reto, en nombre de Baal Zebub, C’tulhu y Satanás, a que me niegue que, alguna vez, lo han saludado tan salvajemente. Si el agradecimiento compulsivo al padre eterno es el pan de cada día, esta modalidad de saludo bien podría ser el desagüe diario de las cloacas en el Acelhuate. Esta redundancia, al alcance de los más redundos –ja-, solo es comparable a cuando, en una clase, un profesor espeta “vuelvo a repetir” cuando quiere recalcar una idea… ¡que solo ha dicho una vez! Esta herejía se acentúa más cuando caemos en la cuenta de que “qué ondas” y “qué tal” son símiles de “hola”.


***


¿Se imagina llegar a las puertas del cielo y encontrarse con San Pedro, quien deprimido por tener que cuidar un zaguán después de ser humillado y crucificado, está más empachado de alcohol que una refinería de brandy, y ser recibido de esta forma?


Usted: Ah, ¡San Pedro, el primer Papa, la piedra sobre la que se edificó la Iglesia, hombre entre hombres!

San Pedro: Hola, hola, hola, ¿qué pedos pues?

Usted: Por aquí, muerto, jo jo jo, vengo de San Salvador.

San Pedro: ¿San Salvaqueputas? San Sivar dirás, es que, verás, aquí en el cielo pensamos que “San Salvador” es redundante porque, pues, el Salvador –o sea, mi Señor- ya es santo… entonces… errr… sí…. Ahí hay buenos bares, una vez bajamos con Jesús a uno que se llama Escape, allí por un colegio llamado “García Flamenco” y nos llevamos una grata sorpresa porque es el primer lugar en el que vemos que los hombres se aman unos a otros. Además, nos pusimos la verguera de nuestras vidas, tanto que aún no se me quita la resaca…

Usted: Claro… sí, bueno, me gustaría saber para adónde voy.

San Pedro: A ver… oh… ajá… hijo, primero que nada, quiero que sepás que te quiero… miles…

Usted: Ajá… yo también te quiero… dos miles…¿todo bien?

San Pedro: No, te vas al infierno.

Usted: ¿Perdón? Yo pensé que estaba salvo porque empezaste a hablarme de tu vida. Sos un infeliz, y para tu información, ese bar es el epicentro de la homosexualidad en la capital.

San Pedro: Pues claro, si no somos pendejos. ¿Vos qué creés? ¿Que 12 hombres solteros, de 18 años para arriba, caminando y durmiendo juntos de un lado a otro durante tres años en una sociedad donde la edad promedio para casarse es a los 15, no tienen necesidades? ¿Lavatorio de pies? ¿Un acto de amor y humillación? Ja, imaginate lo que tuvimos que hacerle nosotros a ÉL, y que gracias a Dios no salió en la Biblia.

Usted: Ah, ya. Gracias por todo.


Chepe


PD: Si leyó hasta aquí, seguramente es para saber por qué habría que llamar a Rodolfo Parker "apéndice" o "chiche de hombre". La respuesta es fácil: porque al igual que el apéndice o las chiches de hombre, Rodolfo Parker no sirve para nada.

jueves, 25 de febrero de 2010

Magnificat anima mea Dominum, et exsultavit spiritus meus (Cómo hablamos, IV)

Buenas tardes. Cuando terminé la tercera entrada sobre este tema, pensé que me sería imposible diseccionar aún más las formas de comunicación salvadoreñas. Por supuesto, estando expuesto -como lo estoy- a D'artagnanes de la palabra, tal conclusión me parece, cada día, descabellada. Para que me entienda, suponga que está a punto de tirarse una zambullida en una cálida pila de heces: créame, antes de que concluya semejante empresa -o pendejada- será imposible no sentir el tufo a mierda.

1. Repetición de verbos o palabras en una conversación, disque para dar énfasis a lo que se dice

Hágase el maje, bien sabe de lo que estoy hablando. ¿No? Oh, pero que desconsiderado de mí, permítame refrescarle -lo que es- su memoria:

Yo: Pues sí, usted, ¿qué me cuenta?
Usted: Fijate que le dije a mi mujer "vieja puta", le dije yo.

Britney Elizabeth: Ay no, púchica, ¿aguantás? El muy tonto me dijo que si quedaba embarazada, "neles pasteles", me dijo, ¿aguantás?
Venancio Eloí: Puta, pues, qué maje, pues. Si tu familia es bien talegona, si por mí fuera, en cualquier situación, me diera el "trip", chis, pues, ¡puta!

Posiblemente, me salga con que jamás ha escuchado semejante "cacafonía". Le propongo un reto, pues: la próxima vez que alguien le esté contando como la vecina que acaba de mudarse Sebastian con Toño y César Sampaio (traducción: está bien rica), o cómo su vida es un fracaso, absténgase de reír y preste atención a cómo se lo cuenta. He aquí un tip: entre más emocionada esté la persona, más proclive está a sacarse estos chascarrillos.

2. La redundancia ante el silencio incómodo

¿Alguna vez se ha encontrado a una persona a quién tenía cierto tiempo de no ver, y por la que guarda cierta simpatía? En una situación como esta, y si el tiempo lo permite, lo obvio es que se entable conversación para enterarse, ya sea por legítimo interés o mera cortesía, de lo que ha acontecido a ambos. Este "toma y daca" puede durar meros segundos y horas, depende de los interlocutores.

No obstante, hay un momento en el que ya no hay absolutamente nada que decir, vienen los silencios incómodos, y es entonces cuando...

Yuria Xelajú: ¡Heyyyyyyyy amigaaaaaaaaaa! !"Púuuuuuuuutchira, mano"! ¡Cúanto tiempo sin verte, vos! Mirá, ¡que "chivirico" tenés el pelo!
María Belén: Sí, vos, bien chivo.
Yuria Xelajú: Vea..
María Belén: ...
Yuria Xelajú: Ajá... de veras, que chivo verte... bien bonito tu pelo vos.

Hay, también, una pequeña variación de esta changoneta, y para explicarla, pondré un ejemplo personal. Un día de tantos, hablando con mi familia, y harto de escuchar como Dios es más importante que la eyaculación precoz -no fue exactamente así, para ser justos-, solté, de vergazo, lo siguiente:

Tía: ... José Mario tiene razón, no es necesario casarse para ser feliz, pero siempre y cuando la pareja tenga en medio a Dios, no hay de que preocuparse.
Abuela: Sí, tenés razón.
Yo: No, no creo.
Tía y Abuela: ¡!
Yo: Sin tanta paja, soy ateo, por... [argumentos que no pudieron refutar]... ¿Ajá? ¿No dicen nada? Qué sorpresa. Permítanme, voy al baño.
Tía: ...
Abuela: ...
Mamá: ...

Una vez orinando, y en presencia de un silencio sepulcral, sólo alcance a escuchar a mi abuela, aún consternada por mi apostasía:

Abuela: Si algo me sorprende, a mí, son las abejas.

Juro por mi virgen culo que estuve a punto de mear todo el cuarto por la risa que me causó semejante comentario fuera de lugar.

3. El "o sea" y el "ah, ya"

Puta. Solo querer escribir sobre esto me da asco, en este momento. Si se me pasa la basca, prometo poner alguna tontería. Por el momento sólo daré ejemplos:

Tony: ... y, pues, sí, me fui a joder con toda la majada, y, o sea.

Carolina: Mirá, vos no podes cortar a la Caty, ¡o sea!

Ruperto: ¿Qué tal te fue, vos?
Ildefonso: ¡Callate! Ha sido espantoso el campamento, sufrí una rotura de peroné que me dejará hecho mierda por varios meses.
Ruperto: Ah, ya.

Se me pasó la basca. Comenzaré por sentar un axioma: "El o sea es el ajá del papanatas, lo que no implica que el usuario del ajá no sea un mentecato". ¿Por qué se debe terminar una frase con "o sea"? No tiene ningún sentido semántico propio y auto sostenible. Sólo imagínense las siguientes máximas de vida, elevadas a la mierdésima potencia ( mierda ) luego de ponerles el "sazonador" correcto:

"Pienso, luego existo, ¡o sea!".

"Sólo dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana... y no estoy seguro de lo primero, ajá".

Ahora, bien, ¿qué putas con el "ah, ya"? Creo que no hay peor forma de decir "me vale verga" que con esa mierda. Comprendo que hay gente que tiene esta maña sin tener la intención de soltar ese pijazo a quien habla. Por la santísima chulumita pelada de Satanás, ¿se imaginan que -su- Dios tuviera ese problema?

Dios: Hey, ¿qué pedos, Chus, me llamastess?
Jesuscristo: Sí, vos, te quería pedir el favor, si es tu voluntad, de que alejés este caliz de sangre de mí, porque, pues, o sea.
Dios: ¿Por qué? ¡Agarrá el vacil!
Jesuscristo: ¿Como que 'por qué'? Me van a crucificar en un palo de copinol de más de tres metros de altura con clavos tan hechos mierda que, si no es el desangramiento o el talegazo que me pegarán con la lanza, me matará el tétano, ¡por la gran puta!
Dios: Ah, ya.

Cuando hasta el Omni-impotente tiene este vicio, y viendo el número de peleles -que diga, cristianos, ¡Ave María, purísima!- que cunden este país, no me cabe duda: las abejas son una gran cosa.

Chepe

PD: Raúl, dentro de poco haré la reseña de la mejor película de la historia, "El Misionero Juan". Resulta que se me acabó la batería la última vez y no se guardó ni mierda.

PD: Si leyeron hasta aquí, Dios les enseñará -ejemplos incluidos- a inseminar con la mente -llámese: espíritu santo-, empezando con usted.

domingo, 1 de febrero de 2009

Fetiches cibernéticos (parte 4) - Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum (Cómo hablamos, III)


Así es, hay una cuarta parte. Buenas noches, bienvenido sea al primer culto de febrero. Oh, claro, quiero informarles que me he convertido a Cristo, y que creo que solo Él es sal en la vida. Mi otro yo era un pobre hombre mediocre que solía pensar que la blasfemia era la forma más divertida de irse al infierno, y... ¡perdón! Estoy desvariando demasiado, y ahora que estoy revestido de Su sangre, debo dejar todo lo malo atrás.

Está de más decir -sin embargo, lo haré- que estoy lleno de energía. He decidido cambiar la modalidad de la entrada en honor a Él, y les explicaré como se hará esta vez. Como sabrán, la lectura bíblica diaria es importante, y debería ser instaurada como materia en toda institución educativa. Por ende, esta entrada será acompañadas de un extracto de la palabra de Dios y su respectiva reflexión -avaladas por reconocidos exégetas, cabe resaltar.

El pasaje de hoy -abran sus Biblias- es Levítico 15, 1-2: "El Señor habló a Moisés y a Aarón, diciendo: 'Dirigid la palabra a los hijos de Israel y decidles: El hombre que padece gonorrea será inmundo".

Podemos darnos cuenta de que Dios no es ningún ignorante en cuanto a salubridad y el buen aspecto. Incluso, se preocupa porque otros lo sepan. En su eterna misericordia, le indica al mundo que la gonorrea será repudiada en el futuro. ¿Lo ven? Si la gente hubiera escuchado al Señor cuando este habló, no necesitaríamos de la penicilina. Amén.

Hemos comenzado con pie derecho, ¿no creen?

Entremos en el tema. Usted no me negará que, después de que un congéner ha soltado un chiste "soplado", no hay mejor caldo de pollo para el alma que escupir un "¡Puta, sos un gran cerote!". Que no le quepa duda de que Brutus y César solían vociferar de esta forma antes de los hechos ya conocidos por todos. Si la misma historia zampa esta máxima al lado de tales como "La historia me absolverá", "Totus Tuus Mariae" o "Urge Carlos Remberto", que alguien me explique cómo hemos convertido algo tan bello en una patada a los testículos de la decencia, en una afrenta al mismísimo Dios. Cómo no llorar de rabia cuando un endemoniado -tal cual Ruy Díaz de Vivar destazando moros sobre Babieca, tal cual Matías Delgado sobre la iglesia de La Merced- rebautiza todo orden divino declamando: "¡Puya, sos un gran ceroilo!". Déjeme hacerle una comparación más vulgar: para los hombres, sería como insertar su falito erecto a punto de estallar en una cubeta de hielo, y en las mujeres sería como que si su hombre, momentos antes del orgasmo, le empezara a cantar las piezas de Tío Periquito.

Comprendo que, cuando niño, hiciera uso de esto para disfrazar de princesita a sus palabras soeces, ya fuera por temor al castigo o por deseos de ser obediente. También, entiendo que la gente opte por éstas en afán de no ofender. Hay ignorantes que creen que por decir "puya" y "ceroilo" serán más atractivos ante las mujeres, no ofenderán a Papá Chus, que tendrán más clase en una reunión social. En otras plabras, si pudieramos representar con una imagen su forma de pensar, "puya" y "ceroilo" vendrían a ser esto:



Sin embargo, seamos realistas: estas dos aberraciones no son nada más que "puta" y "cerote". Chiche. Si estas personas están esforzándose por no ser soeces, deberían empezar por censurar su deseo de decir estas palabras. "¿Por qué eres tan pesado, chavo? O sea, dejá que la mara use las palabras que quiera, igual no suenan feo". Ah, ¿no? ¿No suena feo que alguien quiere ocupar una "mala" palabra, pero que, patéticamente, como niño de 7 años, tiene que ocupar un sinónimo? Aunque ser soez suele ser causa de que a la persona no se le educó correctamente en su forma de comunicarse, también puede funcionar para elementos cómicos en momentos oportunos -imagínese un "pedo" indiscreto a mitad de una reunión con los amigos-. El apelar a este tipo de lenguaje requiere hacer uso de él sin "ahuevarse". Al ser bien ocupado, obtenemos las chicas que aparecen allá arriba, pero cuando no "enviagramos" por completo nuestro léxico -puya y ceroilo- obtenemos esto:



Pero, ¡hay más! ¿Qué me dice de esa gente que tiene la costumbre de cambiar la "y" por "i"? "Aiiiii fijate d ke io fui aia onde mi abue a comer papaiaaaaaa!!!". ¿Cuál es la gana? En ustedes, mujeres, ¿parecer más tiernas? En ustedes, hombres, ¿parecer adorables ante las mujeres? Yo les diré lo que parecen: retrasadas y maricones. Saha ahaha. Usted ya sabe a que voy, ¿verdad? P-u-y-a. En lenguaje de estos disidentes de la dignidad, eso se traduciría a "P-u-i-a". "Chep, pro entoncs, si puya y ceroilio son el hombre feo :S, q c-ria puia!??! dcidit!!!!". ¡Excelente pregunta! "Puia" no podría ser nada menos que esto:



Es posible que esta sea la última edición de Fetiches cibernéticos. Muchas gracias a todos aquellos que me posibilitaron llegar hasta aquí con esta saga.

Quiero otorgar el premio "Tumblimblis" a mi estimado don José A. Alguero. Sin él, esta entrada hubiera sido más cholera de lo que ya es.

Chepe

PD: Si leyeron hasta aquí, déjeme recordarle que el Hermano Toby fue encarcelado por nuestros pecados.

PD: Para que entiendan mejor la foto de la entrada, visitar http://www.youtube.com/watch?v=4qpaGx1d6rs

PD: Esta entrada aún está sujeta a evaluación ortográfica.

martes, 14 de octubre de 2008

Torre de marfil, ora pro nobis (Cómo hablamos, II)

Hola, queridos sabuesos del intelecto. Hoy, al mejor estilo de Rodrigo Ávila, les cumplo la promesa que "firmé" hace unos días: la segunda epístola del tema del vocabulario. Para ponerlos en contexto, entregué este artículo en mi clase de redacción del ciclo pasado con motivo de la siguiente pregunta: "¿Por qué se usa excesivamente la palabra cerote en El Salvador?" Por ende, algunos de ustedes ya lo conocen. Lo publicaré en su forma original, así que las disculpas del caso por si hay algún error de ortografía - lo cual, no dudo.

Si se pregunta usted por qué me tardé tanto en publicar esto si solo requería un vulgar "copy-paste", pues es muy sencillo: el archivo estaba en la otra computadora y no lo encontraba entre tanto relajo. Con eso de lado, hágame el honor de leer el siguiente texto.

Acervo de la camaradería salvadoreña

Los salvadoreños nos caracterizamos por ser personas que, cuando carecemos de recursos, sacamos agua hasta de las piedras. Este mandamiento es inviolable, se busque donde se busque. Si no sabemos el nombre de algo, nos lo inventamos; y si lo sabemos, pero no lo recordamos, no vacilamos en acuñar un sustituto de forma inmediata. Ningún departamento del diario vivir guanaco está tan impregnado de esta ley divina como el trato entre amigos, hermanos y hasta compañeros de borrachera. Si no, fijémonos en algunos motes que utilizamos de vocativos (algunos, más ofensivos que otros) para referirnos a nuestros más cercanos compatriotas: maje, carnal, chavo, cipote, timba, hijue’puta, pendejo, mierda, hermano (y su apócope, “mano”), bato, jonboy (por homeboy), cumbiambero, compadre, mero mero, ingrato, y la lista sigue ad infinitum. De un tiempo para acá, sin embargo, los adjetivos anteriores han sido desplazados del léxico nacional. Parecería que hemos llegado a un consenso para simplificar el proceso de socialización entre nosotros. No camina uno más de una cuadra cuando se es víctima de un estridente “¡cerote!”. Ya sea en boca de un niño o un adulto mayor, esta palabra se ha vuelto más corriente que un dólar. A continuación, se tratarán de analizar las razones de este fenómeno.

Como arqueólogos del lenguaje, los salvadoreños nos maravillamos unos a otros con palabras que ni el más filólogo ni el más lexicólogo podrían construir en sus más aterradoras pesadillas. Esta falta de léxico es la que nos arrastra a ocupar hasta las palabras más inusuales para designar a personas o cosas. Según La Real Academia, “cerote” es una mezcla de una sustancia resinosa (pez) y cera, utilizada por los zapateros para encerar los hilos del calzado. La palabra tiene una connotación diferente en nuestro país, pues la asociamos como aumentativo del cero. Como insulto tiene toda la lógica del mundo. Como muestra de cariño, no. Un padre designa a su hijo con este apodo cuando lo felicita por sus excelentes calificaciones; no obstante, lo insulta con este si llega a cometer una falta grave. Es una versatilidad increíble. Ahora bien, en el primer párrafo se ha hablado de la gran cantidad de formas de designar a un ser querido en nuestro trato social. ¿Cómo es posible que, teniendo tanto “recurso lingüístico” del cual valernos, generalicemos nuestras emociones bajo una sola palabra? Pues no solo se debe a nuestra falta de léxico, sino también a la decadencia de la dignidad humana y a la repetición mecánica.

Exceptuando a los costarricenses, los salvadoreños somos el pueblo centroamericano más escéptico e insensible para con nosotros mismos. Esta realidad se acentuó aún más durante la guerra civil. No es injustificado. Cuerpos mutilados, personas “desaparecidas” y el temor de ser cateados en cualquier momento por La Guardia Nacional terminaron por endurecer el corazón de la gente. Ya no se inmutaban al darse cuenta de que el vecino, con quién se echaban un “tapirulazo” cada domingo, apareciera en una quebrada luego de no verlo durante días. Se empezaron a ver a ellos mismos como peones de ajedrez, o sea, como piezas prescindibles de un juego fuera de nuestro alcance. No había problema, entonces, de investir a alguien –o ser investido- como “cerote” pues, a la larga, todos eran parte del mismo gremio; esto no solo se extendió a nuestras relaciones diarias, sino que también trascendió hacia el ámbito artístico: los músicos eran y son, hasta la fecha, menospreciados; los literatos son vistos de reojo y calificados como “mariguaneros” y fracasados; el que asciende honestamente de puesto en una empresa u oficina de gobierno es tildado de lambiscón. Nadie se escapa a este estigma social. Es la herencia que nos dejaron hace años, y que nosotros nos estamos encargando de transmitir sin reparo.

La diseminación masiva de esta palabra no puede desligarse de otra característica cuscatleca: somos unos imitadores de primera. Si algo nos suena “cachimbón”, lo repetimos hasta niveles cirróticos. Lo mismo aplica para las formas de vestir, de peinar y hasta de actuar; esto es un axioma. Estamos tan acostumbrados a este adjetivo/adverbio/ vocativo/verbo que hasta nos es agradable llamar o ser llamados así. El problema no es que la ocupemos, pues negar su uso –como el de otras leperadas- sería negar nuestra propia identidad, sino su constante e inconsciente locución sin medida que, por desgracia, aprendemos desde temprana edad.

Para finalizar, y después de todo lo anteriormente expuesto, se puede llegar a la conclusión de que para nuestro pueblo, entre más ofensivo es algo, es mucho mejor. No nos quedemos solo en nuestra forma de hablar: visitamos los bares más indecentes, los prostíbulos más inmundos, las pupuserías que se encuentran frente a una parada de buses, los moteles más detestables. Lo más gracioso es que, si no están “a la mano”, los buscamos con ímpetu. Sí, somos mal hablados, mal bebidos, mal “cogidos”, mal dormidos. Somos salvadoreños. Esa es nuestra cruz. Ese es nuestro acervo.


Chepe

PD: Lo sé, "cerote" se relaciona con las heces. Sin embargo, el uso "salvadoreño" de esta palabra es inconsciente de esto, y por eso he tomado la significación de "aumentativo de cero", que me parece más adecuada (si aquí queremos decirle a alguien que parece un producto fecal, le decimos "pedazo de mierda").

PD: Es posible que asesine a Lucy.

PD: Si leyeron hasta aquí, prometo llegar a su casa en brazos de ángeles eunucos para ahuyentar el calor que lo abate con el poder de mi aliento.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Ave Caesar, morituri te salutant (Cómo hablamos, I)

Hola, pollos y pollas (ja,ja,ja). Los que me conocen saben que soy una persona con un lenguaje muy "florido". Eso no quiere decir que hable como Sócrates, sino como todo un ingeniero en enfriamiento y empuje (leáse: paletero). Quizá exagero un poco al adjudicarme semejante título nobiliario, pero sí debo admitir que uso excesivamente las famosas "malas palabras".

Como se imaginará, mi pequeño fetiche verbal me ha acarreado algunos problemas. No faltan personas que no me vean como la mancha en el pañal después de escuchar mis vulgares cacareos. Entonces, me dirá usted: "Amigo mío, si vuestra forma de hablar os confiere insultos a vuestra dignidad, ¿por qué ha de seguir el camino della sandez en lugar del della cordura?" En ese caso, yo le preguntaría: "Mi querido (querida) Sancho Panza (o Nefertiti), ¿qué encuentra de malo en hacer uso completo del abanico de palabras del que cuenta el español?

El primer problema está en el calificativo que damos a estas expresiones soeces: "malas palabras". ¡Vaya carambada! Resulta que ahora hay palabras malas. En su defensa podría alegar que al decir "malo" se refiere a "incorrecto", pero usted y yo sabemos que eso es lo último que se le viene a la mente cuando dice: "Vaya cipote cabrón, deje de decir malas palabras". Simplemente lo eructamos, así que yo me agarro de ese palo. No voy a negar que existen palabras “malas” en el español, pero ni puta, mierda, culo, etc., entran en mi catálogo. Sin embargo, sí entran grandilocuencias como dijistes (y familia), entreguelen, estuata, fantabuloso, espiridifláutico, y la lista puede ser infinita. Así, podemos afirmar que una frase como ¿Cuándo putas va a ser esa mierda? está muy bien dicha comparada con ¿Cuándo me dijistes de que iba a ser la función?

El segundo meollo radica en que los "patriarcas de la cultura" ponen hasta a Dios de por medio para impedir el uso de ese lenguaje. Lo asocian con maldecir. Créame, mi querido e ignorante feligrés, que cuando un joven le muestra la foto de su novia a su tata, este no le maldice cuando exclama: "Ve, ¡qué hijueputa sos!". En este momento podría alegar que no hay palabras ofensivas hacia Dios pues el lenguaje "fue creado" por Él y, por ende, es bueno al igual que todas las demás obras de la creación (eso es para el que aún cree en la veracidad del Génesis); sin embargo, eso significa que Satanás también es bueno porque fue creado por Dios, pero Satanás es malo y es bueno, a la vez... olvídenlo, esto es como abrir la caja de Pandora.

El tercer punto de los parsimoniosos paladines de la etiqueta es que cualquier asno que rebuzne las sandeces en cuestión merece el título de “mal criado”. J-U-E-L-A-G-R-A-N-P-U-T-A. No me parece que sea una mala crianza usar las palabras que el glorioso español nos ofrece. De mal criados me parece el atribuir a estas palabrejas un carácter maldito (“Papá ‘Chus’ llora cuando decís una mala palabra”), inculto (“¿Acaso sos carretonero para hablar así?”) y hasta sucio (“Le voy a lavar la boca con lejía, bicho bruto”), por no seguir enumerando más.

Por último, tenemos la mayor de las hecatombes intelectuales. Ahora resultan ofensivas al oído. Perfecto. ¿Qué le resulta a usted más hiriente, mi queridísimo Calígula?, ¿que lo llame pendejo, o estúpido? Y a usted, mi bella Dulcinea, ¿que la llame puta, o pécora?

Debo ser sincero al admitir que el lenguaje está altamente condicionado por la historia de un pueblo. Sin embargo, este tema lo trataré en otra entrada. Es posible que sus expectativas se hayan visto truncadas debido a mi pobre aporte a esta entrada, pero tienen que comprender dos cosas: primero, yo tengo el intelecto de un koala come heces asexuado y, segundo, que el complemento de esta diatriba viene después. En fin, es hora de que me retire a mis aposentos para rendirle culto a Anton Lavey y a Hamtaro. Pasen una feliz noche, y los quiero mucho.

Chepe

PD: Si están leyendo esto, entonces han ganado una tarde conmigo como su esclavo adulador.

PD: A la persona que por allí preguntó que si cumplo las promesas sexuales que suelo hacer en estos apartados: créame que, en cuanto lo vea, le pago y con IVA =) (tengo clientes "satisfechos" que me respaldan).